Querido amigo, conozco “Ars canendi” y coincido contigo en que es una pequeña joya para quienes amamos la música con cierta profundidad y sin prisas.
En cuanto a Wagner, mi postura quizá sea menos militante y más conciliadora. Me entusiasma demasiado la música como para convertirme en fanático de una sola estética. Comprendo perfectamente el impacto que produce descubrir el universo wagneriano después de años de Verdi, Donizetti o Puccini: es como atravesar una puerta hacia otro concepto artístico. La famosa “melodía infinita”, el cromatismo, la disolución de la estructura tradicional, el acorde de Tristán suspendiendo eternamente el deseo… todo eso supone una auténtica revolución en la historia de la música occidental. Y, desde luego, es imposible ignorar la huella que dejó después en Bruckner, Mahler e incluso en buena parte de la música del siglo XX.
Ahora bien, aunque admiro enormemente a Wagner desde el punto de vista musical, siempre he sentido que en ocasiones sacrifica el canto en favor de la concepción dramática total, de ese “arte integral” que él perseguía. Y a mí me fascina el canto en sí mismo, la belleza pura de la línea vocal, el fiato, la media voz, el legato suspendido en el aire. Por eso mi sensibilidad se inclina más hacia Bellini o Donizetti, aunque musicalmente Wagner posea una arquitectura y una ambición filosófica muy superiores. Cuando escucho ciertas frases bellinianas siento que la voz humana alcanza algo casi sobrenatural.
Además, las guerras entre wagnerianos y belcantistas —y más tarde contra el verismo— han sido históricas. Hubo épocas en que parecía obligatorio elegir bando, como si amar a Wagner implicara despreciar a Verdi o considerar a Puccini un compositor “inferior”. Y, sinceramente, nunca he entendido esa necesidad de derribar unos mundos para ensalzar otros. Yo puedo emocionarme profundamente con el Liebestod de Waltraud Meier y, al mismo tiempo, conmoverme hasta las lágrimas con un “A te, o cara”, con un “Pourquoi me réveiller” o con la desgarradora humanidad de Puccini.
Quizá no sea una postura muy ortodoxa, pero al final lo que amo es la música. También la sinfónica. No podría ignorar jamás lo que significa el acorde de Tristán en la evolución armónica, igual que no puedo renunciar al placer puramente vocal del bel canto o a la intensidad teatral del verismo.
Eso sí: Wagner lo admiro profundamente… pero lo dosifico. El bel canto y el verismo los necesito más a menudo; Wagner, en cambio, lo escucho casi como quien se prepara para entrar en una catedral inmensa y sombría donde uno sale transformado, pero también exhausto.
(WhatsApp Miguelito)