lunes, 25 de mayo de 2026

Ópera

 Juande me acaba de enviar estos vídeos del apoteósico “Ah! Mes amis”, grabados por su amada esposa desde su asiento, testigo privilegiada de una auténtica lluvia de sobreagudos: Los famosos nueve Dos de pecho.

La interpretación, sencillamente demoledora: emisión insolente, agudos fulminantes lanzados como proyectiles tierra-aire y una seguridad vocal que dejó a más de uno agarrado a la butaca como si estuviera en pleno bombardeo napoleónico.

Después confeccionaré una crítica más detallada con calma y te la mandaré, pero de momento dos observaciones imprescindibles:

La voz de Juande es muchísimo más redonda, carnosa y bella en vivo. La grabación, como ocurre tantas veces con las grandes voces, le hace una injusticia monumental. Exactamente lo que sucedía con el mismísimo Alfredo Kraus, aquel dios olímpico de la lírica cuya emisión en directo poseía una elegancia y una proyección imposibles de encapsular en un archivo de audio. Así que, en cuanto tengas ocasión, escúchalo en teatro, porque el micrófono reduce, aplana y traiciona.

La puesta en escena… bueno… aquí entramos ya en el fascinante terreno del disparate posmoderno, esa enfermedad teatral contemporánea según la cual un director cree haber descubierto la pólvora simplemente porque coloca cualquier cosa en cualquier sitio.

Como se trata de una comedia y, al menos, el decorado no chirriaba ni se caía sobre los cantantes; intento ser indulgente… pero llega un momento en que el ridículo adquiere dimensiones que rozan el disparate.

El iluminado director de escena —que sospecho firmemente que no solo no leyó el libreto sino que quizá tampoco terminó la EGB— decidió transformar a los elegantes soldados napoleónicos en una desconcertante mezcla de marineros gaditanos, comparsa carnavalesca y payasos escapados de un circo ambulante. Una visión escénica entre chirigotera, tabernaria y etílica.

Y por si semejante delirio no bastara, la refinada aristocracia bávara apareció convertida en un ejército de folclóricas gitanas, como si Carmen hubiese invadido Baviera durante una noche de feria patrocinada por una caseta de rebujito.

En su febril empeño por ser “original”, el director trasladó la acción a una especie de muelle portuario gaditano. Muy bien… magnífico… maravilloso… pero entonces surge una duda elemental que incluso un estudiante somnoliento resolvería: ¿cómo demonios explicas que Marie sea la hija adoptiva de un regimiento militar si aquello parece una cofradía de pescadores disfrazados para Carnaval?

Y el clímax del esperpento llega cuando las tropas irrumpen en el aristocrático castillo bávaro. En lugar de soldados franceses aparecen unos marineros-payasos entrando en una taberna portuaria al grito de “¡Viva la France!”, como si hubieran desembarcado accidentalmente después de una noche especialmente intensa de cervezas y fino.

Pero, en fin… vivimos tiempos en los que muchos directores de escena creen que destrozar la lógica dramática es sinónimo de genialidad.

Por suerte, Donizetti sobrevivió al naufragio gracias a lo único verdaderamente importante: el canto, la música… y esos sobreagudos de Juande, capaces de derribar decorados mucho más sólidos que esta producción.

(WhatsApp Miguelito)

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