miércoles, 28 de octubre de 2026

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  "El mercantilismo es el paso previo al capitalismo", nos dijeron. Es cierto. Y el capitalismo no nació de él: nació para destruirlo.

Durante los siglos XVI a XVIII, Europa vivió bajo el mercantilismo. Los reyes creían que la riqueza era acumular oro, y para eso controlaban el comercio. Concedían monopolios a compañías amigas, prohibían importar, obligaban a las colonias a comerciar solo con la metrópoli y fijaban precios y salarios. La riqueza no se conseguía sirviendo a los clientes, sino consiguiendo el favor del rey.

En 1776, Adam Smith publicó La Riqueza de las Naciones, y buena parte del libro es un ataque directo a ese sistema. Smith explicó que la riqueza de un país no es el oro que acumula, sino lo que su gente produce. Y que se produce más cuando cada uno puede trabajar, comerciar e invertir libremente. Su frase más famosa lo resume: no esperamos nuestra cena de la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero, sino de su propio interés. El panadero te sirve porque así se gana la vida, no porque un rey se lo ordene.

Y hay algo que muchos no saben. Smith desconfiaba de los empresarios que buscaban privilegios. Escribió que la gente del mismo oficio rara vez se reúne, aunque sea para divertirse, sin que la conversación termine en una conspiración contra el público. Por eso no quería un Estado que protegiera a los empresarios, sino un mercado donde tuvieran que competir.

El capitalismo nació cuando se desmontaron los privilegios del mercantilismo. Y cada vez que un gobierno reparte monopolios, protecciones y favores, no está haciendo capitalismo: está volviendo al mercantilismo.

— Individuo Libre —

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