Buenos días.
Anoche le indiqué a mi pequeño telescopio inteligente que dirigiera su mirada hacia la Galaxia de los Fuegos Artificiales, llamada así por la extraordinaria cantidad de supernovas que han estallado en ella, muy por encima de lo habitual en otras galaxias. Se encuentra entre las constelaciones de Cefeo y el Cisne, en una de las regiones más ricas en estrellas de nuestro cielo. Miramos, en realidad, a través del propio disco de la Vía Láctea, un inmenso bosque de estrellas y nubes de polvo que dificulta enormemente su observación. NGC 6946 permanece oculta tras ese brillante telón cósmico y, para arrancarla de la oscuridad, fue necesario un largo apilamiento de más de una hora. La espera, una vez más, tuvo su recompensa.
En la imagen aparece también otro tesoro del cielo profundo: el Cúmulo de Cefeo, situado aparentemente junto a la galaxia, aunque en realidad se encuentra muchísimo más cerca, a tan solo unos cinco mil años luz de nosotros. La luz que hoy contemplamos partió de allí poco antes de que los antiguos egipcios levantaran las pirámides de Gizeh. Es un antiguo enjambre de estrellas, veteranas del universo, más viejas que nuestro Sol, que habitan el vecindario de nuestra Vía Láctea.
Pero la verdadera protagonista de la fotografía es la Galaxia de los Fuegos Artificiales. Aunque en la imagen parece acompañar al cúmulo, la separa de él una distancia casi inimaginable: unos veinticinco millones de años luz. La luz que ahora acaricia nuestros ojos inició su viaje cuando la Tierra vivía el Mioceno, una época en la que los primeros primates comenzaban a caminar por África, la cuna de nuestra propia historia.
En sus elegantes brazos espirales nacen sin descanso nuevas estrellas. Las más masivas viven deprisa y mueren de forma espectacular, explotando como supernovas que enriquecen el espacio con los elementos de los que, algún día, surgirán nuevos soles, nuevos mundos y, quizá, nuevas formas de vida.
Cada uno de los fotones que hoy recoge el telescopio emprendió un viaje inconcebiblemente largo, atravesando millones de años de oscuridad hasta alcanzar, con una precisión casi milagrosa, este pequeño rincón del planeta donde un ser humano ha decidido contemplarlos con asombro.
No estamos observando únicamente una galaxia lejana. Estamos leyendo una página de nuestra propia historia, porque los átomos que forman nuestro cuerpo nacieron en explosiones estelares semejantes a las que todavía siguen iluminando los brazos de NGC 6946.
En cierto modo, no estamos mirando un lugar extraño. Estamos contemplando nuestro propio origen, escrito con tinta de estrellas.
(Miguel. Universidad de Baeza)
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